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La verosimilitud

Toda obra de ficción que se precie, debe tener un componente que, a pesar de ser ficción, no debe nunca abandonarse. No es otra cuestión que la verosimilitud.

Una novela que no le parezca real al lector está condenada al fracaso desde su inicio. No quiero decir que la obra tenga que atenerse a la realidad absoluta si estás pensando en una novela de ficción histórica, aunque debería llevar un apéndice aclarándolo, sino de que la historia que narras sea creíble, que pueda ser asimilada por parte del lector como que puede ser verdad, que la historia que narras puede ocurrir.

Un ejemplo paradigmático de ello son los escritos de Tolkien, el padre de la fantasía actual. Unas obras que se desarrollan en un mundo totalmente inventado como es la Tierra Media, que no existe, acaba resultando tan real, que sumerge por completo al lector en ella.

¿Cómo se consigue esta ansiada verosimilitud? La clave se encuentra en unos personajes muy desarrollados, con personalidades muy marcadas y que sean capaces de empatizar con los lectores. Unas descripciones vivas, que hagan que quien lea tu obra evoque zonas o cuestiones que conoce o que ha visto por fotos, internet o televisión. Y por supuesto una historia que a pesar de las complicaciones, de los giros inesperados, se encuentre en todo momento dentro de una lógica que tú como escritor, debes conseguir construir desde el comienzo de tu obra. No lo olvides, se veraz.